08.07
2008

“Mi obra es muy rústica y me gusta provocar”, dice el fotógrafo santafesino, que acaba de cumplir tres décadas de profesión y prepara un libro con sus mejores imágenes. En esta entrevista recorre la evolución de su estética irónica y dispara contra Arteba y el mercado fotógrafico.

Poco más de 800 pesos. Eso vale el último capricho de Marcos López, que llega hasta su casa-estudio de Barracas al mismo tiempo que habla con Ñ Digital. “Ahora que con mis fotos me va bien, puedo vivir de mi obra artística y me sobra algún dinero, me compré un banco de carpintero. No me compré un libro de Jean Baudrillard, no sé para qué pero me compré un banco de carpintero”, repite el fotógrafo, iconoclasta profesional y escéptico militante, como si fuera una verdadera declaración de principios.

El living está gobernado por su más reciente fotografía, El cumpleaños de la directora. El tamaño –es una gigantografía- la vuelve casi omnipresente y la angustia que transmiten los actores –no son modelos, tampoco notables, apenas extras-, entre globos e iconografía católica obligan al espectador a bajar la vista. Y aunque lo dice desde hace un tiempo es la primera vez que parece en serio: “creo que me estoy alejando del humor”, tira y pasa a otra cosa, porque la norma es su discurso es la digresión constante, radicalizada. Como en sus fotografías, cuando López habla transmite más sensaciones que significados cerrados.

Tiempo de balances, medio siglo de vida, 30 años de profesión, que obligan o justifican el libro que reúne sus fotos y textos previsto para marzo del año que viene, Marcos López 1978-2008.

“Tiene el anclaje del año del mundial, que es muy fuerte. Me acuerdo de que fui a ver el partido Argentina-Perú. Y tengo el recuerdo de que lo que más miraba era a los fotógrafos. Yo estudiaba ingeniería, mi papá era ingeniero: siempre me consideré muy reprimido”, dice y es la excusa para volver al cuadro, a ese ambiente grotesco y asfixiante. Era como decir ‘Marquitos va a ser ingeniero y va a tener el hobby de la fotografia’…y yo quería ser el subcomandante Marcos, ir a liberar la América de la opresión yanqui, con la fotografía, con la ideología setentista…”, dice.

−¿Cómo viviste vos esos “años de plomo”, en los que la fotografía pasó del hobby a ser tu actividad principal?

Me salvé por 2 o por 3 años. Mis amigos de La Plata o de Córdoba, por el entorno social, tuvieron una historia muy diferente a la mía. Viví toda esa época con cierta ignorancia del terrorismo de Estado más profundo como la tortura, por ejemplo. En el 73′ empecé a hacer fotos y en marzo del 76′ ingresé a la universidad. Era un espacio de miedo, de represión y de impunidad. Y aparte no me gustaba.

−¿Y cómo influyó esa etapa represiva en tu obra?

Creo que por eso de grande hice fotos que dicen algo así como ‘si te gusta ser gay y vivís en un pueblo y te gusta ser recatado, vas a Río de Janeiro y ya en el aeropuerto te ponés las plumas’. Estoy volviendo a tratar de hablar de mis zonas íntimas.

Y no es del todo claro lo que dice López, pero su infancia en un colegio de curas con madre, hermanas y novias, de colegio de monjas y un mandato paterno, que cambió definitivamente por la fotografía, cuando se animó a abandonar para siempre su Santa Fe natal aclaran el panorama. “¿Qué pasa con una sensibilidad absolutamente delicada como la mía, en ese mundo de rusticidad masculina, de curas y de militares terroristas de Estado?”, se pregunta a sí mismo López que –como siempre- tiene una respuesta absurda, como su obra. “Siempre me sentí como Alicia en el país de las maravillas. Me veo muy identificado en la imagen de los travestis. Un tipo con cuerpo de hombre, pero que quiere ser una bailarina de un cuerpo de música, que dice: ‘yo no quería hacer la conscripción, hacer salto rana y cuerpo a tierra. Yo quería bailar en el Colón”, agrega con sonrisa triste.

Del blanco y negro al color, del analógico al photoshop, de la pintura a la publicidad, López, oscila en su mundo de contradicciones entre los extremos y en la provocación que tan cómoda le sienta. Una constante en él es la denuncia de la América latina, trágica y desigual, el reclamo mudo que grita disfrazado de grotesco. “Si hay una coherencia indudablemente es interna”, avisa.

−¿Qué continuidades y rupturas ves en tu obra, que ahora cumple 30 años?

Al principio, en los 80′ tuve la vocación de documentar mi entorno socioeconómico. Ahí hice mi descubrimiento de la América profunda, de México, me fui en tren a Perú.
Después vinieron los noventas, con el Pop latino que inventé, el shopping center de cartón pintado, el dólar barato, la sonrisa de los publicistas, de los políticos. La identidad como caricatura. Latinoamérica profunda en el humor…Todo Pop Latino fue hecho en negativo. Luego vino la revolución digital que es la Hiroshima de la fotografía.

−¿Qué significó la aparición del digital, con el que vos trabajás tanto?

A mí lo que me separa estilísticamente de fotógrafos como Adriana Lestido es que yo me metí de cabeza con el photoshop y me cagué en el puritanismo de la fotografía como verdad. Pacté con el diablo y vendí mi alma al diablo de la era digital. Pero ahora estoy empezando a ver un par de problemas en la foto digital. Me metí hasta acá con la manipulación de la imagen y por momentos me siento agobiado. Digo: “no, viejo, o me dedico a la pintura o me pongo a sacar fotos en la calle de nuevo”.

−Mientras tanto, ¿cómo definirías lo que hacés ahora?

La etapa actual es Fiesta con los cromas en los que no hay nada que festejar, pero igual hay que comerse la torta y tomarse la sidra. Me parece que hay una añoranza de la fotografía en su estado más puro. Pero tranquilamente podría no hacer más fotos. Siempre fui un fotógrafo vago. Soy paranoico, no me gusta cargar equipos. No sé qué marca es mejor, cuál es peor…No me gusta la cuestión técnica, lo padezco. Pero sí me gusta el resultado final de mucha calidad entonces contrato gente que me ayude y lo hago tres veces hasta que me salga bien.

Constructor de imágenes: humor e identidad

López no es un cazador de imágenes, retrata la realidad cuando la parodia. Aunque lo seduce y lo agobia el vigilante de acá a la esquina ensimismado y aburrido, prefiere recrear –casi siempre- desde su propio estudio escenas tragicómicas como las que desarrolló en Subrralismo criollo y Pop latino.

“Hay tanto dolor que el humor te permite transitar por el mundo. Cruzás Constitución y entre la desigualdad, las condiciones en los que la gente viaja y las prostitutas dominicanas…es tan doloroso el panorama que entonces te tomas una ginebra y te ponés a hacer chistes para transitar el tren fantasma. Ahí aparece el humor en mis imágenes”, revela López

Su foto del asado, una parodia de la última cena, en plena crisis de 2001, le valió la aceptación de la crítica, hasta entonces esquiva, y a la que había provocado desde el sacrilegio de la fotografía publicitaria -”un pacto con el capitalismo salvaje”- y con la de moda, lo que equivalía a “vender el alma al diablo de la frivolidad”.

−Tus fotos, como la del asado, que tuvo tanta exégesis innecesaria, son bastante elocuentes…

Me interesa la cosa de la obviedad…yo creo que hay una obviedad en el tema, pero si quiero hablar del sufrimiento: composición-tema el sufrimiento, le clavo un cuchillo en el corazón: qué vamos a estar jodiendo…Y si quiero hacer digital, hago un sireno (mientras señala su Sireno en el Río de la Plata) ¿qué más digital que esto?

−¿Y ahora qué?

¿Voy a seguir haciendo sirenos? La angustia es permanente…qué carajo hacer con la foto. Para colmo, mis fotos tienen éxito, a la gente les gustan, me las compran.

−….

No, de ninguna manera me estoy quejando…(se ríe con ganas). Por momentos me canso de mí mismo, pero tengo 2 secretarias, un asistente y siento que tengo que inventar un nuevo chiste para pagar el alquiler.

−¿La identidad latinoamericana es un tema recurrente en tu obra aunque jugás con los esteriotipos?

En el manifiesto de Caracas, que es latinoamericanista y medio bolivariano, escribí algo así como decir que desde La pampa toda América latina también me pertenece. No sólo es del coya de Machu Picchu tocando la quena. Si naciste en Banfield y sos hijo de gallegos y polacos…también sos latinoamericano.

− ¿Qué es lo que buscás captar en tus imágenes?

Siempre fui una persona escéptica, cuando se me ocurren cosas contesto a todo ese mundo en una imagen en la que trato de ser sincero y en la que me vea reflejado. Por eso cada vez hago menos fotos. Está muy complicado fotografiar en la calle, la gente está paranoica…No es lo mismo que París en 1950 cuando andaba Cartier Bresson con la leika…. El mundo cambió. Yo digo: quiero hacer un ensayo fotógrafico en el Riachuelo…y a la media hora me afanaron y me cagaron a trompadas…¿Tengo que ir con 2 guardaespaldas? No, no me gusta…Tendríamos que ir a iniciar la lucha armada a la villa 31, pero ya lo hicieron hace 30 años y tampoco les fue muy bien.

Por: Guido Carelli Lynch
Para Revista Ñ