28.07
2010

De los Shelk´nam, los Yamana y los Alakaluf, las tres sociedades nativas que vivieron en la región más austral del mundo, queda, además de los restos arqueológicos, de las crónicas de europeos y de los testimonios de algunos descendientes, un valioso material constituido por fotos tomadas desde el siglo XIX.

Shelk´nam cazando

Foto tomada en 1907/1908 de un Shelk´nam cazando Foto: Furlong

Teniendo en cuenta todo el conocimiento que podía generar ese material visual, la doctora en arqueología Dánae Fiore, investigadora del Conicet y docente de la UBA, y la licenciada en arqueología María Lydia Varela, también de la UBA, tuvieron una idea original: estudiar desde un punto de vista científico un total de 1131 fotos de los tres pueblos fueguinos -obtenidas principalmente entre 1882 y 1930- como si se tratase de artefactos arqueológicos.
Partiendo de la idea de que esas imágenes -en las que aparecen cuatro mil Shelk´nam, Yamana y Alakaluf- podían arrojar conocimiento sobre representaciones y prejuicios de los fotógrafos, como también datos sobre las pautas culturales de esos pueblos originarios, Fiore y Varela hicieron un análisis estadístico de una gran cantidad de datos que incluían características de los individuos (género y edad, entre otros), objetos manipulados, ornamentos y vestimentas usados. Los resultados de la investigación se publican en el libro Memorias de papel (Editorial Dunken).
“Al sistematizar la información en una base de datos pudimos establecer con claridad diferencias entre los tres pueblos fueguinos, como también descifrar los prejuicios de los fotógrafos”, señala Fiore. Y agrega: “Los fotógrafos incluían a viajeros que fueron por motivos científicos, por ejemplo una expedición científica francesa que de 1882 a 1883 fue a Tierra del Fuego para realizar análisis meteorológicos, de geología y de etnografía. Hubo también fotógrafos que fueron con un objetivo antropológico, como el caso del sacerdote Martín Gusinde (1886-1969), que realizó la etnografía más completa que se conoce hasta hoy sobre los pueblos fueguinos”.
Asimismo, la investigadora relata que los salesianos les sacaban fotos para mostrar el modo en que “supuestamente los civilizaban, sacándolos de lo que ellos consideraban miseria. En algunos casos los salvaban de la muerte, pero al costo de someterlos a un nuevo conjunto de pautas culturales”.

El espíritu de una comunidad

Durante el análisis arqueológico de las fotos, las investigadoras observaron un gran número de pautas culturales indígenas.
“Por ejemplo el uso del arco y las flechas estaba reservado a los hombres Shelk´nam. Por otra parte, las imágenes confirman que las mujeres Shelk´nam aparecen desempeñando otra tarea esencial para la vida, que era la de transportar las chozas constituidas de postes y de cueros. Una vez enrolladas, las llevaban en sus espaldas”, relata Fiore.
Otro dato revelador que marca una diferencia entre algunos de los pueblos fueguinos surgió a raíz de lo sucedido a Martín Gusinde cuando intentó sacarles una foto a los hombres Shelk´nam mientras se pintaban y ponían máscaras para convertirse en espíritus en la ceremonia de Hain. Este rito marcaba el pasaje de los niños a la adultez. “Antes de que Gusinde pudiera usar su cámara, fue atacado porque los hombres Shelk´nam no querían que su secreto, su tradición, fuera develado. Las mujeres y los niños pensaban que los espíritus eran de verdad y les temían, y los hombres querían mantener ese control social. En cambio, coincidiendo con su estructura social más igualitaria entre géneros, los Yamana eran más flexibles, ya que permitieron que Gusinde les sacara una foto mientras se pintaban y ponían las máscaras.”
Además de conocer detalles de la vida de los pueblos fueguinos, la investigación muestra cómo en las imágenes se reflejan una multiplicidad de intenciones y representaciones de los fotógrafos.
Estudiar foto por foto e interpretar sus imágenes empleando diversas fuentes de información les llevó a Fiore y a Varela siete años de trabajo. “Fue un esfuerzo enorme que terminó generando una gran cantidad de conocimiento, pero también surgieron nuevos interrogantes que serán el punto de partida de futuras investigaciones”, concluyó Fiore.

Instituto Leloir y Agencia CyTA
Fuente: Diario La Nación

27.07
2010

Historia reciente en imágenes

Como un caleidoscopio de 250 piezas, la muestra de los reporteros gráficos compone innumerables lecturas posibles sobre la realidad de 2009 y sus protagonistas.

Disputa

DISPUTA. Pelea por el cinturón supergallo en el Luna Park. Mauricio Muñoz, que resultó ganador, recibe un golpe de Diego Loto. De Fernando Gens

Muchos nos detenemos ante Dina, una joven que exhibe en la frente el impacto de bala recién cosido. Amorosamente, su madre termina de maquillarla: le pinta las pestañas con rimel. A Dina la están por velar. Es Guatemala, donde un promedio de diecisiete personas son asesinadas cada día.

Estamos en la XXI edición de la Muestra Anual de Fotoperiodismo Argentino, organizada por la Asociación de Reporteros Gráficos (ARGRA). Un clásico ineludible para los amantes del periodismo y la fotografía.

Como viene haciéndolo hace más de dos décadas con éxito de público, ARGRA propone un recorrido visual fascinante. Son fotografías registradas en 2009 con eje en los temas más importantes del país y del mundo. Una especie de diario anual compendiado en imágenes, que después del Palais de Glace hará pie en Viedma, Neuquén, Rosario, Tucumán y Mendoza.

El comité editor de la Asociación debió seleccionar 250 entre más de 2.000 fotografías enviadas por reporteros gráficos argentinos que trabajan para medios nacionales o, en el exterior, para agencias internacionales. “La mayoría de los trabajos exhibidos son inéditos. No son hechos por encargo, sino que los hacen los reporteros gráficos por su cuenta o son fotografías que los medios decidieron no editar”, dice Sergio Goya, vicepresidente de ARGRA.

Cortado

CORTADO. Corte de ruta en Camino Negro, Barrio 17 de noviembre, Lomas de Zamora. Por Pablo Pirovano.

La primera exposición realizada por un grupo de reporteros gráficos fue en 1981, en una pequeña sala en San Telmo. “Los fotógrafos tenían mucho material de la represión y de las Madres de Plaza de Mayo que los medios no mostraban”, cuenta Alejandro Belvedere, presidente de la asociación. Y recuerda que aquella muestra fue clandestina: se presentó como una exposición de arte más y se colaron las fotos. Fue un éxito absoluto.

¿Qué ocurre cuando la foto periodística está sola, despojada del texto del diario o la revista? Más aún: ¿qué ocurre cuando se trata de múltiples y diversas imágenes, a primera vista un puzzle imposible de armar? Es necesario mirar con detenimiento las fotos capturadas por “los protagonistas de esta otra forma de Arte”. Así, con mayúscula, lo escribe Osvaldo Bayer en el prólogo del catálogo.

El escritor y periodista recuerda que los fotoperiodistas nos van dejando un legado de imágenes de todos los momentos de la vida de nuestra sociedad: gracias a su trabajo “nos metemos en todos los escenarios, y le vemos el rostro a los protagonistas de la historia, de abajo arriba. Todos quedan retratados”. Bayer da un paso más.

“Aprendamos dice lo que es la verdadera vida, nuestra vida en estos mundos de hoy a través de estas imágenes. Ya no necesitamos viajar. No necesitamos soñar. No necesitamos ensayos sociológicos sobre el hombre y sus circunstancias. Aquí está la verdad.” Agrega Osvaldo Bayer

Resuenan sus palabras. Si bien, se sabe, teoría sociológica y fotografía van por caminos distintos, muchos de los fotorreportajes de la muestra quedan grabados con la misma fuerza que ejercen trabajos como Entre las cuerdas, de Loïc Wacquant, o el clásico Internados , de Erving Goffman, en los que la investigación empírica deviene una experiencia vital, intensa. Ahí, como el fotógrafo, el sociólogo pone el cuerpo bien cerca del objeto estudiado.

Empezamos el recorrido. Ya de entrada, uno se detiene en una serie de fotos de la brutal represión policial en Madagascar. Son imágenes del fotorreportaje que Walter Astrada realizó para la agencia France Presse (AFP) y que recibió este año el Premio World Press Photo. Fotoperiodismo puro y duro.

Un ejercicio interesante es comparar las imágenes capturadas por distintos fotógrafos durante la misma cobertura: dónde se ubicaron, cómo se fueron desplazando, dónde eligieron disparar la cámara. Las imágenes se suceden: el enfrentamiento entre vecinos de la Villa 31 y la policía, después de que un miembro de esa fuerza asesinara a una chica de la villa; el desalojo de la planta Kraft Foods tomada por los despedidos, fotos que ponen blanco sobre negro la dignidad de los trabajadores. Y el dolor por Malvinas en las conmovedoras imágenes tomadas en el cementerio Darwin por dos fotógrafos con miradas y estilos bien distintos.

Una mujer se tapa la cara, le dice a su marido que no; no puede ver esa imagen. Eso que no se atreve a mirar es un fotorreportaje de Rodrigo Abd, en Guatemala. La serie indaga sobre el trabajo de los servicios fúnebres que se dedican a reclutar clientes apenas los asesinatos se cobran su cifra diaria. Se mete con el amor quebrado, con el último contacto con el otro devenido puro cuerpo. Una joya.

Uno se encuentra también con fotorreportajes, con algo del registro historia de vida, como el de la deportación de inmigrantes ilegales guatemaltecos desde EE.UU.

Entre los cientos de fotos, hay retratos bellos, enigmáticos, como el de Fogwill sumergido en la city desértica, y otras que golpean, llenan de impotencia, dolor, como la del represor Astiz exhibiendo el libro “Volver a matar” durante el juicio por los crímenes de lesa humanidad en la ESMA.

La muestra incluye un video, realizado a partir de todas las fotografías expuestas, que sería una pena dejar de ver. Despojado de texto, sólo acompañado por sonidos, el foco vuelve a ser la imagen pura.

¿Qué pasa cuando la foto periodística está sola, despojada del texto del diario o la revista? ¿Qué ocurre cuando esos fragmentos de realidad, que al mismo tiempo ostentan carácter de prueba irrefutable, se suceden en desfile inagotable de coberturas de todo tipo y color? Son imágenes que perturban, sublevan, conmueven. Jamás anestesian. Tienen una efectividad única porque están ancladas en nuestra historia reciente: son tristezas, emociones y conflictos compartidos. Piezas invalorables de un caleidoscopio fotográfico y emocional.

Por: Marina Oybin
Fuente: Revista Ñ

19.07
2010

La foto que empezó el mito del Che

El libro “Los fantasmas de Ñancahuazú” reúne investigación e interpretación sobre la conmovedora imagen del revolucionario muerto.

Che Guevara Asesinado

ESE CUERPO. Freddy Alborta, el autor de la foto, tenía otras ciento veinte imágenes del mismo día.

El 10 de octubre de 1967, una fotografía da la vuelta al mundo, conmoviendo a millones de personas: la del Che Guevara sobre una pileta de cemento, rodeado por militares y periodistas, muerto. Un oficial señala con el dedo el lugar del pecho por el que ha entrado la bala que acabó con su vida. El cuerpo del Che tiene la cabeza ligeramente levantada, los ojos abiertos, como si estuviese vivo y mirase algún punto en la lejanía, y los labios apenas arqueados en una enigmática sonrisa.

Leandro Katz, artista argentino que vivió varias décadas en los Estados Unidos, ha elaborado un libro, Los Fantasmas de Ñancahuazú , en el que se reconstruye la historia de esa foto y su largo recorrido simbólico.

Katz se puso a indagar sobre el tema a mediados de los ’80, y se encontró con que la imagen no tenía firma de autor, porque había sido vendida a la agencia Reuters por un fotógrafo boliviano free lance por 75 dólares y “un apretón de manos”. “Comencé a llamar a los diarios de La Paz hasta que finalmente alguien me pasó el teléfono del fotógrafo: se llamaba Freddy Alborta y estaba completamente olvidado. Y además de esa imagen del Che, tenía otras ciento veinte del mismo día”, recuerda.

Viajó a La Paz para entrevistarlo, con la idea de hacer una “película-ensayo”, pero por falta de financiamiento no pudo rodar hasta 1993. La espera la dedicó a expandir la investigación. Algunas de esos acercamientos se tradujeron en instalaciones que hizo en galerías y museos de los Estados Unidos: “Tania”, “Loro”, “Proyecto para El día que me quieras”, “Mónica Ertl”. Otra espera, entre el rodaje y el estreno, en 1997, sirvió para que la investigación enriqueciera el film (titulado El día que me quieras ), que se presentó por primera vez en Cuba y obtuvo varias distinciones internacionales.

Los Fantasmas de Ñancahuazú es una suerte de trabajo de montaje, de reunión de fragmentos que van armando y desamando la figura del Che.

Incluye una decena de artículos, entrevistas y guiones, además de una abundante iconografía, partes de la investigación de Katz y un CD con la película. Entre los artículos hay uno de John Berger, que fue el primero en escribir sobre la foto, apenas la vio. En su texto, que se publica por primera vez en castellano, Berger resalta el parecido asombroso que tiene la imagen del Che muerto con la de las pinturas La lección de anatomía , de Rembrandt, y Cristo muerto , de Mantegna. “El objetivo de la foto fue dar testimonio del fin de una leyenda. Pero para muchos de los que la vieron, el efecto fue muy diferente”, dice Berger.

En su artículo, Mariano Mestman (investigador del CONICET) rastrea algunos de los recorridos de la foto. Umberto Eco, recuerda, la analizó como una de las imágenes ejemplares de la época, y Susan Sontag indagó en ella su carácter “inolvidable”: “el hecho de que esa imagen sea inolvidable indica su potencial para ser despolitizada , para transformarse en una imagen atemporal”, escribió Sontag.

Antonio Berni, Juan Carlos Castagnino y Carlos Alonso trabajaron sobre la foto de Alborta. Los artistas más “políticos” (León Ferrari, Ricardo Carpani, Roberto Jacoby), en cambio, optaron por trabajar sobre otra imagen del Che: la de la foto con la estrella de cinco puntas, que tomó Korda. Mestman recuerda el conflicto desatado entre Pino Solanas y el gobierno castrista, que no quería proyectar La hora de los hornos en la isla, porque sobre el final de la primera parte del film aparecía el cuerpo de Guevara.

Eduardo Grüner coincide en que con la foto de Alborta comienza, iconográficamente hablando, el mito Guevara , para luego analizar el trabajo de Katz sobre los detalles de la foto. Un antebrazo, por ejemplo, en un espacio del piso, detrás del cual Katzdescubre, en una de las fotos no difundidas de Alborta, la existencia de los cuerpos de otros dos guerrilleros muertos.

En ese hallazgo, señaló Grüner en la presentación del libro, Katz desmonta el mito “malo” del hombre nuevo, excepcional, heroico, solo, subido a un pedestal y casi “crístico”, para reconciliarlo con la generación de la que formó parte, como uno más.

Por: Ezequiel Alemián
Fuente: Revista Ñ