27.07
2010

Como un caleidoscopio de 250 piezas, la muestra de los reporteros gráficos compone innumerables lecturas posibles sobre la realidad de 2009 y sus protagonistas.

Disputa

DISPUTA. Pelea por el cinturón supergallo en el Luna Park. Mauricio Muñoz, que resultó ganador, recibe un golpe de Diego Loto. De Fernando Gens

Muchos nos detenemos ante Dina, una joven que exhibe en la frente el impacto de bala recién cosido. Amorosamente, su madre termina de maquillarla: le pinta las pestañas con rimel. A Dina la están por velar. Es Guatemala, donde un promedio de diecisiete personas son asesinadas cada día.

Estamos en la XXI edición de la Muestra Anual de Fotoperiodismo Argentino, organizada por la Asociación de Reporteros Gráficos (ARGRA). Un clásico ineludible para los amantes del periodismo y la fotografía.

Como viene haciéndolo hace más de dos décadas con éxito de público, ARGRA propone un recorrido visual fascinante. Son fotografías registradas en 2009 con eje en los temas más importantes del país y del mundo. Una especie de diario anual compendiado en imágenes, que después del Palais de Glace hará pie en Viedma, Neuquén, Rosario, Tucumán y Mendoza.

El comité editor de la Asociación debió seleccionar 250 entre más de 2.000 fotografías enviadas por reporteros gráficos argentinos que trabajan para medios nacionales o, en el exterior, para agencias internacionales. “La mayoría de los trabajos exhibidos son inéditos. No son hechos por encargo, sino que los hacen los reporteros gráficos por su cuenta o son fotografías que los medios decidieron no editar”, dice Sergio Goya, vicepresidente de ARGRA.

Cortado

CORTADO. Corte de ruta en Camino Negro, Barrio 17 de noviembre, Lomas de Zamora. Por Pablo Pirovano.

La primera exposición realizada por un grupo de reporteros gráficos fue en 1981, en una pequeña sala en San Telmo. “Los fotógrafos tenían mucho material de la represión y de las Madres de Plaza de Mayo que los medios no mostraban”, cuenta Alejandro Belvedere, presidente de la asociación. Y recuerda que aquella muestra fue clandestina: se presentó como una exposición de arte más y se colaron las fotos. Fue un éxito absoluto.

¿Qué ocurre cuando la foto periodística está sola, despojada del texto del diario o la revista? Más aún: ¿qué ocurre cuando se trata de múltiples y diversas imágenes, a primera vista un puzzle imposible de armar? Es necesario mirar con detenimiento las fotos capturadas por “los protagonistas de esta otra forma de Arte”. Así, con mayúscula, lo escribe Osvaldo Bayer en el prólogo del catálogo.

El escritor y periodista recuerda que los fotoperiodistas nos van dejando un legado de imágenes de todos los momentos de la vida de nuestra sociedad: gracias a su trabajo “nos metemos en todos los escenarios, y le vemos el rostro a los protagonistas de la historia, de abajo arriba. Todos quedan retratados”. Bayer da un paso más.

“Aprendamos dice lo que es la verdadera vida, nuestra vida en estos mundos de hoy a través de estas imágenes. Ya no necesitamos viajar. No necesitamos soñar. No necesitamos ensayos sociológicos sobre el hombre y sus circunstancias. Aquí está la verdad.” Agrega Osvaldo Bayer

Resuenan sus palabras. Si bien, se sabe, teoría sociológica y fotografía van por caminos distintos, muchos de los fotorreportajes de la muestra quedan grabados con la misma fuerza que ejercen trabajos como Entre las cuerdas, de Loïc Wacquant, o el clásico Internados , de Erving Goffman, en los que la investigación empírica deviene una experiencia vital, intensa. Ahí, como el fotógrafo, el sociólogo pone el cuerpo bien cerca del objeto estudiado.

Empezamos el recorrido. Ya de entrada, uno se detiene en una serie de fotos de la brutal represión policial en Madagascar. Son imágenes del fotorreportaje que Walter Astrada realizó para la agencia France Presse (AFP) y que recibió este año el Premio World Press Photo. Fotoperiodismo puro y duro.

Un ejercicio interesante es comparar las imágenes capturadas por distintos fotógrafos durante la misma cobertura: dónde se ubicaron, cómo se fueron desplazando, dónde eligieron disparar la cámara. Las imágenes se suceden: el enfrentamiento entre vecinos de la Villa 31 y la policía, después de que un miembro de esa fuerza asesinara a una chica de la villa; el desalojo de la planta Kraft Foods tomada por los despedidos, fotos que ponen blanco sobre negro la dignidad de los trabajadores. Y el dolor por Malvinas en las conmovedoras imágenes tomadas en el cementerio Darwin por dos fotógrafos con miradas y estilos bien distintos.

Una mujer se tapa la cara, le dice a su marido que no; no puede ver esa imagen. Eso que no se atreve a mirar es un fotorreportaje de Rodrigo Abd, en Guatemala. La serie indaga sobre el trabajo de los servicios fúnebres que se dedican a reclutar clientes apenas los asesinatos se cobran su cifra diaria. Se mete con el amor quebrado, con el último contacto con el otro devenido puro cuerpo. Una joya.

Uno se encuentra también con fotorreportajes, con algo del registro historia de vida, como el de la deportación de inmigrantes ilegales guatemaltecos desde EE.UU.

Entre los cientos de fotos, hay retratos bellos, enigmáticos, como el de Fogwill sumergido en la city desértica, y otras que golpean, llenan de impotencia, dolor, como la del represor Astiz exhibiendo el libro “Volver a matar” durante el juicio por los crímenes de lesa humanidad en la ESMA.

La muestra incluye un video, realizado a partir de todas las fotografías expuestas, que sería una pena dejar de ver. Despojado de texto, sólo acompañado por sonidos, el foco vuelve a ser la imagen pura.

¿Qué pasa cuando la foto periodística está sola, despojada del texto del diario o la revista? ¿Qué ocurre cuando esos fragmentos de realidad, que al mismo tiempo ostentan carácter de prueba irrefutable, se suceden en desfile inagotable de coberturas de todo tipo y color? Son imágenes que perturban, sublevan, conmueven. Jamás anestesian. Tienen una efectividad única porque están ancladas en nuestra historia reciente: son tristezas, emociones y conflictos compartidos. Piezas invalorables de un caleidoscopio fotográfico y emocional.

Por: Marina Oybin
Fuente: Revista Ñ

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