25.05
2010

La foto como síntesis

Lo que a Henri Cartier-Bresson le demandaba apenas un segundo a ellos les lleva horas o meses. Porque lo que buscan Arturo Aguiar y Simón Altkorn no es captar un instante decisivo sino manipular la realidad para crear climas, generar suspenso, provocar preguntas. Y hasta tal punto lo logran que muchas de sus fotografías parecen escenarios en los que está por suceder algo terrible.

ARTURO AGUIAR. Humanite

ARTURO AGUIAR. Humanite

No se conocen personalmente, pero comparten más de lo que sospechan. Ambos se formaron en ciencias duras -Aguiar estudió física, Altkorn es economista- y exploraron las artes escénicas antes de acercarse a la cámara. Así, el teatro y el cine terminaron de definir miradas que no dejan escapar ningún detalle. Obsesionados con la luz, trabajando siempre en el límite de la penumbra, los dos procuran que sus imágenes tengan “varias capas” y alcancen la perfección de lo que escapa a una lectura única.
Aguiar juega con el tiempo, la iluminación y la profundidad de campo para “deconstruir el lenguaje fotográfico” y modificar la representación de la realidad. Si bien concentra la atención en su poética y deja la técnica en segundo plano, vale la pena señalar que suele trabar el obturador durante unos segundos e introducirse en la escena, vestido de negro y con linterna en mano, para alumbrar sólo lo que a él le interesa.
En el caso de la habitación de Villa Ocampo que ilustra esta nota, y que se exhibe en estos días en Praxis, el plano del jardín se realizó en una segunda toma, sobre el mismo negativo, para que el fondo también quedara en foco.
El resultado de este tipo de trabajos son escenas muy pictóricas que apelan al misterio, en las que las pinceladas de luz delatan una presencia fantasmagórica. “De alguna manera, todas mis fotos son autorretratos”, reconoce Aguiar, que inició su carrera como artista con manchas de pintura sobre tela, atento a su “propio saber” y a los efectos del inconsciente -de la propia sombra, diría Jung- sobre la obra.
“El autor está siempre en las fotos”, coincide Altkorn. Las huellas, en su caso, se descubren en los pequeños detalles. Como en el cuadro que cuelga a la derecha en Leni sueña con S. E. , que forma parte de la muestra actual en Gachi Prieto Gallery; es un retrato de “S. E.”, Sergéi Eisenstein, cineasta ruso admirado por Leni Riefenstahl, directora de cine y fotógrafa alemana apreciada a su vez por Altkorn.
No hay nada en esa escena librado al azar. Desde que visualizó esa imagen y la plasmó en un boceto, le llevó meses al artista investigar hechos históricos, conseguir la locación ideal, los actores, los muebles y la ropa de época; incluso las perlas son reales y el color del marco de la obra combina con la tela del sillón. La iluminación está pensada para lograr un clima opresivo, similar al de la foto que ganó en 2007 el Primer Premio Adquisición del Salón Nacional, El cumpleaños de Hans Globke (After Wall) .
Esta última obra cita otra de Jeff Wall, Un ventrílocuo en una fiesta de cumpleaños en octubre de 1947 , así como Aguiar citó la instalación de Marcel Duchamp Étant donnés en Siempre es otro el que muere , fotografía que ganó el año pasado el premio Petrobras-Buenos Aires Photo. En este caso, la producción previa demandó al artista, entre otras cosas, la creación de una lápida.

FICHA . Simón Altkorn en Gachi Prieto Gallery (Uriarte 1976), hasta el 5 de junio. Arturo Aguiar en Praxis (Arenales 1311), hasta el 9 de junio

Por Celina Chatruc
Fuente: Diario La Nación

19.05
2010

Un investigador español halla en Nueva York la película que el fotógrafo Carter-Bresson filmó sobre la Brigada Lincoln en Quinto de Ebro durante guerra civil española. El material se creía perdido desde 1938.

Cartier-Bresson Con la Brigada Lincoln en España

Cartier-Bresson Con la Brigada Lincoln en España

Los héroes de la Brigada Lincoln no llevaban uniforme. Tampoco iban rapados al cero y muchos, en vez de casco, usaban gorros de lana para rascarse el frío a la orilla del Ebro. Los voluntarios de la Brigada Lincoln eran idealistas y parranderos. Fumaban, reían, cantaban y para ellos carecía de importancia el miedo. Peor era dejar pasar a los fascistas.

Venían de Estados Unidos, Canadá, Gran Bretaña. Muchos fueron parte importante de los 2.800 americanos de las Brigadas Internacionales y participaban en varios batallones. Los que caían en el frente eran sustituidos en la formación por españoles del ejército republicano. Su contribución a la guerra, entre 1937 y 1938, fue filmada por el fotógrafo Henri Cartier-Bresson en un documental que se daba por perdido. Juan Salas, investigador de la Universidad de Nueva York, lo ha encontrado tras una búsqueda de años. Se titula Con la Brigada Lincoln en España y el 27 de mayo verá la luz en la Filmoteca Española.

No fue el único trabajo que Cartier-Bresson hizo sobre la Guerra Civil. En total, filmó tres documentales: Victoria de la vida y España vivirá son los otros dos. Se proyectarán también en la Filmoteca. El cine fue un amante esquivo para aquel rey de la fotografía que fundó, tras la Segunda Guerra Mundial, la agencia Magnum. “Al principio le fascinaba, pero después se decepcionó por la lentitud del proceso”, comenta Salas.

Del poder inmediato de una foto a la labor de meses requerida por un documental podía mediar un tiempo precioso para remover conciencias. Cartier-Bresson quiso aprender cine fascinado por Buñuel. “Incluso intentó ser ayudante de dirección suyo”. Pero don Luis le rechazó. Algo que no hizo después Jean Renoir, para quien trabajó de asistente en Una salida al campo y La vie est a nous. Aun así, en sus documentales españoles se aprecia la huella de Las Hurdes, por ejemplo. “Buñuel fue una influencia evidente. Ésa y la de otros artistas de la revista Documents o directamente del cine soviético”.

Motivado con esa nueva arma de la comunicación, Cartier-Bresson quiso arrimar el hombro. Estudiaba cine documental en Nueva York con Paul Strand, uno de los artistas de izquierdas más activos en al apoyo a la República Española en la ciudad. “Rápidamente le dijo que contactara con Herbert Kline en París y que escribieran un guión”.

Lo hicieron juntos y se presentaron al lado de Jacques Lemare en el frente del Ebro. Con sus cámaras Eyemo (70 A) de 35 milímetros. “La idea era filmar el día a día de los voluntarios, mostrar la diversidad de procedencias, los atuendos. Como una fuerte motivación política podía suplir la disciplina de un ejército regular y ser efectivos”. La película muestra cómo vivían, qué comían, cómo se bañaban y la distinta suerte que corrían en el frente.

Todo eso y más en 18 minutos. Pero también incluye imágenes de ciudadanos leyendo en la calle. “Ensalzaban los logros de la política educativa de la República”. Aunque el grueso se centra en el día normal de un batallón. Con sus glorias y sus miserias. Su indestructible mentalidad y su incierta suerte. Hay escenas de camaradería y sacrificio. Imágenes que captan el jolgorio, el frío pelón, la sopa aguada, el pan gomoso y un aire anárquico en la organización y las arengas con que trataba de insuflar ánimos Robert Merriman, profesor de Económicas de la Universidad de California, que fue comandante de la Lincoln. También hay sangre. La lucha, las bombas y los hospitales de Villa Paz, en Saelices, y Benicàssim. “Se filmó para recaudar fondos que ayudaran a repatriar los heridos a EE UU”.

Llegaron tarde, pero se estrenó. “Fue el 21 de mayo de 1938 en el cine Cameo de la calle 42″. Después, la película desapareció. Hasta Pierre Assouline, biógrafo de Cartier-Bresson, la dio por destruida en el libro que le dedica a la vida del fotógrafo. Eso no evitó que a Juan Salas le picara la curiosidad.

Descubrió el material en las oficinas que todavía tiene la Brigada en Nueva York. Cotejó con unas fotos que Harry Randall, sargento del batallón, había hecho el día que los tres documentalistas llegaron a Quinto de Ebro y resolvió el enigma. “Las fotos de los cineastas cámara en mano hechas por los voluntarios muestran a estos filmando escenas que aparecen en el documental. Fue lo que me permitió probar que es la película de Cartier-Bresson”.

Entre los fotogramas de Con la Brigada Lincoln en España hay otra curiosidad: planos de Robert Capa que Juan Salas ha descubierto por otra parte. La culpa es de un campesino y su horca de madera. Habían encargado a este profesor madrileño de la NYU un artículo sobre algún aspecto de la famosa maleta del fotógrafo. “El campesino de una de las imágenes aparecía en la película”. Con el mismo gesto, la misma herramienta, el mismo traje. Las fotos de ese día y las imágenes son las mismas. Como era amigo de Cartier-Bresson le debió ceder su material para la película“.

Fue un trabajo de concienciación, de lucha, de compromiso. No se preocupaban de la autoría. Todo valía. “Aunque sí hay una voluntad de estilo, también una narrativa coherente y una estructura clara. Era un arma política”. Hay travellings inversos y curiosos primeros planos. Más tratándose de un fotógrafo que resaltaba las tomas medias. En ellas se aprecia vida, sonrisas y barbas cerradas. También muerte y heridas. Luces y sombras de una memoria que no se debe extinguir.

La odisea de un instante
- Con la Brigada Lincoln en España, película perdida de Henri Cartier-Bresson sobre la Brigada Lincoln y hallada en Nueva York, dura 18 minutos.

- Se estrenó el 21 de mayo de 1938 en el cine Cameo, de la calle 42 de Manhattan. Después, el material desapareció.

- Hasta Pierre Assouline, biógrafo de Cartier-Bresson, daba por hecho en un recuento sobre la vida del fotógrafo que el celuloide estaba perdido para siempre.

- Juan Salas encontró los rollos en la oficina neoyorquina de la Brigada Lincoln.

Fuente: Diario El País

21.04
2010

Se exhiben cuatro series fotográficas inéditas que el artista, escenógrafo y vestuarista, realizó en 2007 y 2008. Murió en un accidennte el 21 de diciembre de 2008.

A fines de noviembre de 2008, la crítica de arte Mercedes Casanegra recibió un llamado de su amigo y artista, Carlos Gallardo. Le pedía que fuera a su taller a ver toda su última producción fotográfica.

“Acudí a su invitación. Las series estaban organizadas, las fotos enmarcadas, todo estaba listo y él quería mi opinión. Me retiré complacida y acompañada del intento de figurarme en qué sala de la ciudad las imaginaba colgadas”, cuenta Casanegra a Clarín. Un mes después, el 21 de diciembre, Carlos Gallardo murió en un accidente automovilístico camino a su casa de La Cumbre, un lugar de descanso y refugio adquirido varios años atrás, cerca de la casa donde vivió y escribió Manucho Mujica Láinez.

Carlos Gallardo: Destiempo

DESTIEMPO. En esta serie el artista realizó pequeños montajes.

Este jueves, el Malba, Mercedes Casanegra como curadora y Mauricio Wainrot, compañero de vida y de trabajo del artista, se unen para presentar este conjunto de obras, nunca antes vistas por el público, como una exposición homenaje y también para hacer realidad el último deseo de Gallardo. “Los ejes principales de Carlos siempre fueron el tiempo y la memoria, y estas fotos poseen un clima de raíz existencial, esa idea de que los seres humanos fuimos lanzados de la existencia. Es que no es la belleza del mundo a lo que remite su obra, sino a la fugacidad de lo que está detrás de las imágenes”, cuenta la curadora, mientras recorre la sala en la que cada foto ratifica sus palabras.

Así, con el foco puesto en la memoria de las cosas, en la mirada sobre lo que ha sido abandonado, y en el tiempo en incesante movimiento, se exhiben cuatro series de fotografías que el artista realizó en los años 2007 y 2008: Theatrum mundi, Vestigio (Errancias), Erratum y Destiempos. Las tres primeras ostentan un mismo escenario, el viejo puerto de Amberes que el artista visitaba mientras Wainrot trabajaba como coreógrafo del Ballet Real de Flandes. En Vestigio, los primeros planos de los elementos abandonados del puerto “se vuelven monumentales y denotan la nostalgia de una actividad que fue”, según palabras de Casanegra. Mientras que en Theatrum mundi y Erratum hay sutiles intervenciones de collage en forma de muñequitos y de algunos versos poéticos del escritor Hugo Mujica, respectivamente. En la serie Destiempos, el mismo tipo de muñecos aumentan su tamaño en fotos macro y se colocan en forma vital y dinámica “en antiguas cajas de baquelita con los meses y días del año impresos y también en engranajes de relojería … todas cosas que él acumulaba en su taller, que aún permanece intacto”, explica la curadora.

La exposición incluye también un video “que muestra la identidad multifacética del artista, que comenzó como diseñador gráfico y continuó realizando escenografías y vestuarios para los ballets dirigidos por Wainrot, tanto en el país como en el exterior”, reza el catálogo editado por el MALBA, y Casanegra habla con una sonrisa de “la perfecta dupla de 30 años que formaron con Mauricio: Carlos, poniendo la escenografía y el vestuario, con una impronta de color y vida maravillosa, y Wainrot dirigiendo a los bailarines hasta el cansancio”.

Por: Mariana Rolandi
Fuente: Revista Ñ

13.04
2010

Entre el material, cedido al archivo por el periodista e historiador Santiago Senén González, se destacan informes, documentos, actas y fotografías sobre los momentos clave del movimiento obrero en el país.

Perón firma el Estatuto del periodista profesional

DIA HISTORICO. Juan Domingo Perón, por entonces presidente, promulga el Estatuto del periodista profesional.

Informes, documentos, actas y fotografías sobre las primeras huelgas de los trabajadores gráficos o la promulgación del estatuto del periodista profesional, entre otros momentos clave del gremialismo periodístico de la Argentina, podrán consultarse a partir de junio próximo en el Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires “Doctor Ricardo Levene”.

Este material forma parte de una extensa colección donada por el reconocido periodista e historiador del movimiento obrero argentino Santiago Senén González al archivo dependiente de la Dirección Provincial de Patrimonio del Instituto Cultural de la provincia de Buenos Aires. En la colección se pueden encontrar fotos, libros, revistas, boletines, actas, diarios, gacetillas de prensa y otras publicaciones que reflejan -desde 1919 hasta 1970- la historia del gremialismo periodístico en el país.

Entre los documentos de la colección se destacan los informes sobre el primer intento de sindicalización y huelga de los gráficos, en 1919; los anteproyectos del estatuto periodístico y material fotográfico sobre el día en que el por entonces Presidente Juan Domingo Perón promulgó la ley 12.908 del Periodista profesional, en 1948.

“Se trata de un material interesante porque permite estudiar cómo se gestó el movimiento gremialista del periodismo” en el país, le contó a Clarín.com Senén González, quien además precisó que en el archivo donado se encuentra parte de sus trabajos como dirigente gremial.

Los archivos de esta colección estarán a disposición de los investigadores en el Archivo Histórico a partir del próximo 7 de junio, cuando se conmemore el Día del Periodista.

Santiago Senén González periodista e historiador especializado en el movimiento obrero argentino. Escribió más de una docena de libros relacionados a esta temática como -por ejemplo- El Poder Sindical (1978), La trama gremial (1993), El Hombre de Hierro (1999), El Sindicalismo en tiempos de Menem, junto a Fabián Bosoer y El Ave Fénix (2009), con Germán Ferrari. Fue Jefe del Informativo de Radio Buenos Aires y Director Periodístico de la Agencia de noticias estatal TELAM. Fue, además, profesor del Museo Social Argentino y de la Universidad del Salvador y dictó un posgrado de Historia Sindical en la UBA. Asimismo, integró comisiones directivas de la Asociación de Periodistas y de la Asociación de Corresponsales Extranjeros. Actualmente colabora con temas de su especialidad en el diario La Prensa y las revistas Todo es Historia y El Arca. Es creador y compilador del Archivo del Sindicalismo Argentino (ASASG), en la Universidad Torcuato Di Tella, inaugurado en el año 2005.

Fuente: Diario Clarín

12.04
2010

Todo el Siglo XX, atrapado por las imágenes de Cartier-Bresson

El fotógrafo mostró hechos y personajes que marcaron época y también gente común.
Como las de otros grandes artistas, la historia de Henri Cartier-Bresson (1908-2004) tiene su leyenda iniciática, un pasaje de iluminación que cambia al hombre y a su disciplina. En 1940 el joven fotógrafo fue atrapado por el ejército alemán y llevado a un campo de concentración donde lo encerraron durante 35 meses en los que realizó toda clase de trabajos forzados. Tras dos intentos de fuga fallidos, Cartier-Bresson se escapa y entonces ya no se detiene más, siempre con la cámara Leika y el pasaporte listos para la próxima imagen.

Henri Cartier-Bresson

Henri Cartier-Bresson - Francia 1938

Ayer, el MoMA (Museum of Modern Arts) de Nueva York inauguró una enorme retrospectiva de su obra titulada Cartier-Bresson: The Modern Century (Cartier-Bresson: El Siglo Moderno). La muestra, que también se puede recorrer de forma digital (www.moma.org) con los comentarios del curador Peter Galassi, incluye trescientas fotografías en blanco y negro -Cartier-Bresson nunca adoptó la película a color- que cubren toda la carrera y casi todos los destinos de uno de los grandes fotógrafos del siglo XX.

Cartier-Bresson no sólo fue uno de los padres del fotoperiodismo y el fundador de la mítica agencia Magnum sino también quien marcó dos de sus principales vertientes. Por un lado, fue la clase de fotógrafo que capturó la Historia. En la retrospectiva del MoMA se ven fotos de personalidades de la cultura como Coco Chanel, Truman Capote o Ezra Pound, momentos emblemáticos del Siglo XX como el funeral de Ghandi, los días posteriores a la caída del régimen nazi en Alemania o los días previos a la llegada del ejército comunista a Pekín. Pero a la vez, el grueso de su obra apunta en una vía paralela para el fotoperiodismo: la captura de imágenes cotidianas y el registro de la vida en las grandes civilizaciones de su época, con extensas series dedicadas a la China, la Unión Soviética y los Estados Unidos.
La muestra del MoMA, dividida en 13 secciones temáticas, tiene en la entrada tres enormes mapas en los que están marcados los incesantes viajes que Cartier-Bresson hizo alrededor del mundo entre 1930 y 1974, cuando se retiró, para dedicarse al dibujo.

La primera sección es un recorrido por sus fotos de la década del 30, imágenes con la huella de su militancia surrealista en la que se destacan los torsos de maniquíes desnudos, perros apareándose o una increíble serie sobre las prostitutas de la calle Cuauhtemocztin de la Ciudad de México, donde las mujeres asomaban las cabezas a través de las puertas como si fueran ganado.

En general, el recorrido abandona la cronología y opta por separaciones geográficas y temáticas. La muestra teje una mirada nostálgica sobre el Siglo XX, ese siglo moderno del título. En un extremo, están las fotos de personajes intocados por la modernidad, particularmente agricultores y artesanos. Luego, las crónicas de la destrucción y los horrores de la guerra. Finalmente sus ensayos sobre Estados Unidos, la Unión Soviética y la China de Mao, donde el eje central pasa por el registro de la vida urbana y el mundo del trabajo industrial.

Sin embargo, las andanzas de Cartier-Bresson están repletas de detalles oscuros sobre ese supuesto gran siglo que él observa y recorre. El emblema es una foto de 1962. Con el Muro de Berlín de fondo, un soldado y un civil cruzan la calle al mismo tiempo. El detalle prodigioso, sobre todo a ojos de este andariego incansable, es que al civil le falta una pierna.

Fuente: Diario Clarin

26.02
2010

Steve McCurry en la Argentina

“Para mis retratados soy un turista, un extranjero con una cámara”
En 1984, su retrato “La niña afgana” conmovió al mundo. En Buenos Aires, donde abre una muestra, dice que un fotógrafo es frío como un cirujano. Y qué pasa cuando la tragedia pega cerca.

Steve McCurry - National Geographic - Niña Afgana

Steve McCurry - Sharbat Gula, La Niña Afgana, en el campo de refugiados en Nazir Bagh cerca de Peshawar, Pakistán, 1984.

La vida de Steve McCurry cambió para siempre en 1979, cuando se decidió a “cruzar la línea”. Hasta entonces su experiencia como fotógrafo se reducía a un par de años en un diario local de Estados Unidos. El trabajo iba bien, se acuerda de que le gustaba que publicaran sus fotos al otro día, “pero quería contar mis propias historias”. El lugar que eligió fueron las montañas de Afganistán en los meses previos a la invasión soviética. Ahí sorteó el fuego de morteros, convivió con los muyahidín y volvió con imágenes que lo convirtieron en un fotorreportero estrella al que publicaban las principales revistas del mundo.

Desde entonces, McCurry -que mañana inaugura una exposición en Buenos Aires- volvió cada año a Afganistán y ha retratado allí tanto las batallas como la vida cotidiana en pequeños aldeas.

La niña afgana, tomada en un campo de refugiados afganos de Pakistán en 1984, es una de las fotos más famosas de la historia. En 2002, casi veinte años después de hacerla, McCurry viajó a Afganistán junto a un equipo de National Geographic (en cuya portada la foto salió por primera vez) para buscar a la protagonista. “No teníamos su nombre ni su dirección, no teníamos ninguna información”. Mostraron el viejo retrato por calles y mercados afganos durante dos semanas hasta que una mujer los llevó hasta Sharbat Gula, la niña afgana. “Ella no conocía la foto, le explicamos que se había convertido en una persona muy famosa. Pese a que le interesó, no entendía del todo lo importante que era, probablemente todavía no lo entienda”, comenta McCurry.

La foto de Sharbat Gula lleva la marca de este fotógrafo estadounidense: ojos bien abiertos, miradas intensas que él ha obtenido en lugares como Paraguay, la India o Indonesia. “Sí, los ojos son lo más expresivo, son mi principal interés, me dicen mucho sobre la gente”.

¿Se prepara para las fotos?

No, las cosas pasan rápido, ¡boom!, es algo espontáneo. Llego a un lugar, doy un paseo y veo lo que me interesa. En realidad, es un trabajo bastante simple. Consiste en observar. Quizá se parezca a hacer malabares con seis bolas: está el sentido de la historia, el sentido del color, el sentido del diseño. Cada pelota es importante y tenés que asegurar que haya un balance entre los elementos.

En sus fotos hay una búsqueda de lugares apartados de los avances tecnológicos, generalmente zonas pobres. ¿Qué le interesa de eso?

En Yemen o Afganistán trabajan de forma tradicional. Todavía visten de manera diferente, su arquitectura y su comida aún son únicas, son lugares que mantienen su personalidad. En otros lados las cosas se parecen cada vez más, basta comparar una calle de Tokyo con una de Alemania. El mundo moderno pierde sus diferencias, al menos superficialmente.

¿Cómo cree que lo ven a usted las personas a las que retrata?

Para ellos soy un turista, un extranjero con su cámara. No entienden ni les importa que trabaje para la revista Life. No les importa si soy de Argentina o Turquía.

Usted ha visto muchos desastres y tragedias en primera fila. ¿Eso todavía lo afecta?

Se parece a lo que hace un cirujano. Está operando a alguien, hay sangre, lo ha abierto. Y si muere, el cirujano debe buscar algún mecanismo en su cerebro que le permita entender que lo mejor es recomponerse para poder volver a trabajar al día siguiente.

Me sorprendió ver entre las fotos una del 11 de setiembre, justo antes de que las torres cayeran. ¿Fue distinto cuando el drama golpeó cerca?

Por supuesto, la tomé desde el balcón de mi casa. Fue como cuando enchufás algo y el voltaje es demasiado alto. Fue como mi cerebro no pudiera manejarlo, fue un shock, como si alguien te golpeara pero no sintieras el golpe porque estás adormecido.

Por: Juan Manuel Bordón
Fuente: Diario Clarin

18.02
2010

Un vuelo de cabotaje es un vuelo menor. La vida no pasa por el arte y Marcos López lo entiende a la perfección. “La fotografía es una excusa para exorcizar el dolor.

Carlos Carrion La Ciudad De La Alegria

CARLOS CARRION LA CIUDAD DE LA ALEGRIA. La Argentina de los 90, parte del popurri sarcástico que es la obra de López.

Transformar en poesía la resaca de un tequila de segunda marca. Por eso me gustan los mariachis. Se les paga cuando llegan, cantan poco y se retiran sin saludar. Uno los contrata para que muestren que la alegría es posible. Por lo menos quince minutos”, aclara López.

Como es su costumbre, toma influencias de la pintura y el teatro. “Soy el bisnieto no reconocido de la unión sentimental entre Diego Rivera y Andy Warhol”, agrega Marcos López, entre risas.

La muestra tiene al Ekeko Pop (un muñeco colorido de dos metros, con fotos en la base) como centro desde donde se derraman el resto de las obras. El recorrido es un viaje comunicacional cargado de simbolismos que va de lo artesanal a lo digital. También es un resumen de sus 30 años de carrera, una cita que se remonta a sus primeras fotos en blanco y negro, al arte político de los 70, a la desmesura de los colores del altiplano o al exceso de la textura local del interior, esa estructura de kermesse que adquieren sus escenografías y personajes. Cuando se hace referencia a la conexión de su obra con su condición de santafesino, valora ser del interior porque “eso me ayuda a crear. Todavía imagino que si voy a Londres no me van a dejar entrar, tengo ese provincianismo emocional.” “En la textura de mi obra hay como una cosa trasnochada, como remakes . A la sirenita de Copenha- gue le contesto con el sireno del Río de La Plata, a la Lección de anatomía de Rembrandt, con Autopsia”. López busca siempre un anclaje local, una belleza autóctona como en las reinas provinciales: Reina de la Frutilla, de la localidad santafesina de Coronda, o Reina del Trigo, de Gálvez. La obra de López se convierte así en un documento sociopolítico, se pone el traje de cronista y observa. “Mi idea de Patria es un cartón pintado de fiesta escolar. Ese barroco lo aprendí de mis padres, que en la casa empapelaban hasta el patio. Fue mi primer diálogo con ese tipo de estética”.

Además, ahora está produciendo una película sobre Ramón Ayala (uno de los reyes del chamamé), en un paso de la foto al cine. “Para mi ese es también un vuelo de cabotaje, la ilusión de los chicos en un parque de diversiones, pero no en Disney, sino en los jueguitos de Carlos Paz, donde muchas máquinas no funcionan”.

Esta exposición itinerante recorrerá Paraná, San Juan, Mendoza, Córdoba, Neuquén, La Plata y Buenos Aires, donde llegará en octubre de 2010.

Por: Osvaldo Noval. Especial para Clarín.
Fuente: Revista Ñ

03.02
2010

En una transacción que quedará en la historia como una de las más importantes en el mundo de la fotografía, la agencia internacional Magnum

Agencia Magnum

Es una de las colecciones de fotografías más importantes del siglo XX, formada por más de 180.000 fotos. (EFE)

–fundada a fines de la década de los 40 por figuras de la profesión como Robert Capa y Henri Cartier-Bresson- le vendió su archivo completo en papel al grupo empresario que administra Dell, uno de gigantes de la computación.

El archivo, compuesto por unas 185 mil imágenes, está considerado el más valioso de la historia fotográfica. La compra fue realizada por MSD Capital, aunque no trascendió oficialmente la cifra por la que se cerró el acuerdo. Según especialistas citados por la prensa estadounidense, no bajaría de los US$ 100 millones.

De todas formas, Magnum mantendrá en su poder los derechos sobre las imágenes, que ahora se archivarán en la Universidad de Texas y son parte ya de las propiedades del multimillonario Michael S. Dell, máxima figura de uno de los dos más grandes fabricantes de computadoras, junto a Hewlett Packard.

El archivo contiene fotos de 103 de los mejores fotógrafos del siglo XX, como Capa –célebre por sus imágenes de la Guerra Civil española-, Cartier-Bresson, George Rodger, David Seymour y William Vandiver.

Fuente Diario Clarin

28.01
2010
Olga Arean espera ansiosa la llegada de abril. Ese mes viajará a Qatar para competir por el Premio a la Mujer Empresaria que otorga la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (Unctad). En esa terna, se enfrenta con otras nueve mujeres y está confiada: cree que, tras una década de investigación sobre la conservación del papel, su empresa Conservarte, la única de la región que produce papel libre de ácido, le permitirá alzarse con el preciado galardón.
Conservarte frabrica el unico papel que dura 100 años

Conservarte frabrica el unico papel que dura 100 años

“Diez años es mucho tiempo. Trabajamos mucho en este proyecto. Cuando empecé a nadie le importaba el tema y hoy estamos logrando que el público comprenda la fragilidad de un documento. Las fotos, los títulos universitarios, las obras de arte…, todas estas cosas sucumben al paso del tiempo, pero nuestros sobres y cajas permiten conservarlos por 100 años”, resume Arean.
La fotógrafa y conservadora, de 53 años, se formó en Estados Unidos y se animó a montar su planta en al Parque Industrial de Plátanos en Berazategui. Conservarte abrió sus puertas en 2001.
“Atrás de eso ya venían arrastrados años de investigación. Yo empecé importando el producto, pero me negué a seguir y confié en que podía hacerlo yo misma con la gente de mi país… Creí firmemente que podíamos crear trabajo y hacer las cosas bien”, recordó.
Para empezar, Arean se juntó con una ingeniera y empezó a testear los papeles. Inmediatamente después, aplicó y obtuvo un crédito por US$ 10.000 que entregaba la provincia de Buenos Aires a proyectos innovadores.
“Con eso hicimos la primera bobina de papel. Todo fue testeado junto con el INTI [Instituto Internacional de Tecnología Industrial] y conseguí una patente de invención por desarrollar un polímero que controla la temperatura en las cajas y forma una barrera contra insectos y humedad”, relató Arean, que comenzó en un garaje y luego pudo instalarse en el predio industrial.
La empresa desarrolló tres productos exclusivos: Permafot, un papel permanente libre de ácido; Permart, una cartulina libre ácido, y Permaon, cartón corrugado con las mismas condiciones y polietileno neutro, que conforma la barrera contra la humedad.
“Nuestra cartones protegen por 100 años cualquier documento y nuestros precios son un 150 por ciento más económicos que los importados”, dijo. Salió a vender sus productos acompañados por un servicio integral de conservación, que incluye el asesoramiento y la recuperación de documentos.
Entre sus clientes están la biblioteca del Congreso de la Nación, el Museo Nacional de Bellas Artes, el Museo de la Casa Rosada, el Centro Cultural Ricardo Rojas, la Escuela Argentina de Fotografía, la Fundación Antorchas, la Fundación Jorge Luis Borges y la Fundación Parque de España.
Crecimiento y desafíos
La empresa también tiene clientes en el exterior en países como Chile y Ecuador. “En 2008 las exportaciones fueron el 30 por ciento de nuestro negocio y si bien el año pasado no tuvimos mayores envíos, confiamos en que eso va a cambiar”, agregó la emprendedora, que hizo el taller de formación empresarial de la Fundación Empretec, en donde aprendió a “correr riesgos calculados y a planificar”.
Conservarte facturó medio millón de pesos en 2008 y el año pasado duplicó esa cifra. “Esperamos crecer este año también”, dijo Arean.
“Tenemos varios desafíos enfrente. Uno es llegar a las empresas con nuestro mensaje. Lo cierto es que todas las compañías que certifican ISO deben guardar documentos y nuestras cajas libre de ácido son ideales para eso. Voy a visitar empresas para llevar y explicar el mensaje”, agregó. Para la emprendedora el otro gran desafío es explicarle al consumidor final la importancia de guardar los documentos en la forma adecuada.

“La gente no es del todo consciente sobre el tema. Piensa que, enmarcando un título, lo va a proteger, y eso está muy lejos de la verdad. Tenemos que trabajar para que entiendan los beneficios de nuestros sobres y papeles”, concluyó, tras anticipar que está trabajando en el desarrollo de un papel que “conserve naturalmente lo que se le imprima por más tiempo”.

Fuente: Mercedes García Bartelt para Diario La Nacion

24.12
2009

Werner Bischof se sentía más artista que reportero gráfico. En el centenar de imágenes que se exhibe ahora en el Borges están las claves de esa creencia.
Una década le bastó a Werner Bischof para disparar su cámara con una intensidad que estremece. Eso es lo primero que se percibe al recorrer Bischof, el sueño de la verdad, que reúne más de un centenar de fotos –algunas inéditas– seleccionadas por Marco Bischof, hijo del fotógrafo, encargado de su archivo fotográfico y curador de la muestra. Son fotos que lo ponen a uno contra las cuerdas: revelan un modo singular de acercarse a los personajes, de capturar gestos y sentimientos. Un disparo milimétrico que sorprende a la realidad desprevenida.

En el camino hacia Cusco Pisac, Perú 1954. Werner Bischof/MAGNUM

La muestra es un completo recorrido por la obra de Bischof, que es también el de su corta vida y sus viajes. Arranca con sus primeras fotos de estudio, cuando ya estaba convencido: “Fue sólo una casualidad que la cámara y no el pincel se convirtiera en mi acompañante”. Es que luego de estudiar fotografía en la escuela Kunstgewerbeschule nada menos que con Hans Finsler, viajó a París con la idea de iniciarse en la pintura, pero apenas estalló la guerra tuvo que regresar a Suiza. Después, se lanzó de lleno al fotoperiodismo: trabajó para las publicaciones más importantes del mundo y fue uno de los primeros miembros de la agencia Magnum, fundada por los legendarios Robert Capa, Henri Cartier Bresson, George Rodger y David Seymour.

Hay imágenes de la serie de fotos que tomó en la posguerra en Alemania, Hungría, Finlandia e Italia, entre otros países. “Entonces vino la guerra y así la destrucción de mi torre de marfil. El rostro del hombre sufriente se convirtió en el centro”, escribió Bischof en su diario. Cada foto es un fragmento de las ruinas: personas convertidas en siluetas tétricas; el casco deshecho de un soldado entre los restos de un edificio. “Un tren de la Cruz Roja transportando niños a Suiza” nos acerca a la mirada perdida de unos chicos huérfanos húngaros. Sesenta años después, Marco Bischof se lanzó a la compleja tarea de encontrar a una de las niñas fotografiadas: filmó un documental donde incluyó su imagen, y –¿acaso artilugios del sueño de la verdad?– logró dar con ella.

No falta su famoso fotorreportaje sobre el hambre en la India, donde vivió seis meses. Publicada en 1951 en la revista Life, esta serie le dio fama internacional. Tan contundentes resultaron las fotos, que el gran Capa, al recibir los rollos para revelar, le escribió: “Sé cómo te sientes y es exactamente como nos sentimos todos cuando fotografiamos un episodio grandioso en la historia, sentimos que debiéramos hacer más y mejor. Pero lo que tienes es tan poderoso y tan bueno, que no pienso que valga la pena ir más allá”. “Hambre en Dighiar”, una de las fotos más conocidas de la serie, es una composición tan potente que uno no puede dejar de preguntarse si esa mujer implorante –una verdadera virgen devastada– es sólo resultado de la fotografía directa. Da la impresión de estar ante una pintura con luz bien teatral. Como si fuera necesario un respiro entre los golpes, el artista nos acerca también a una sutil bailarina de Bombay antes de la función y a una escuela de danza.

Las fotografías que tomó en Japón e Indochina son dolorosas y poéticas a la vez. Evidencian su destreza para vincularse con la gente: “Era un hombre con una gran sensibilidad, muy discreto: muchas veces antes de tomar una foto hacía dibujos –era un gran dibujante–, y recién cuando se establecía un contacto y un ambiente cómodo, tomaba la foto”, comenta Marco Bischof.

Lo cierto es que Bischof lograba una empatía singular. Conmueve la imagen de un hombre, víctima de la explosión atómica de Hiroshima, que exhibe su desnudez desfigurada, o la de unos chicos esperando la llegada del emperador Hirohito. Los exteriores son pura melancolía, incluso en imágenes tan simples y bellas como una vista desde las alturas de Tokio o un secador de seda.

Algunas fotos son como pinturas. Eso se siente en “Camarín del streap-tease” (1951). Dos streapers japonesas se preparan para el show: una se arregla frente al espejo; la otra está tan abstraída que da la sensación de que sólo su cuerpo –que tapa pudorosamente– está allí. O en “Posada de agricultores”, tomada en Hungría en 1947, que es como una bacanal pobre y pagana a puro claroscuro barroco, y en “Gente desempleada busca trabajo en la estación de tren”, (Francia, 1954) por primera vez exhibida. Entre la bruma, una figura enigmática intercambia inesperadamente los roles, sorprendiendo al fotógrafo. Imperdibles.

La muestra se completa con una serie de fotos de México, Perú y Panamá, que van desde una íntima Frida Kahlo en su taller hasta imágenes de procesiones religiosas, la vida cotidiana y paisajes. No faltan sus fotos de EE.UU. composiciones bien dinámicas en las que experimentó tempranamente con el color.

Testigo clave de su época, Bischof reveló la compleja trama social. En Tokio, por ejemplo, puso el foco en bares de strip-tease, surgidos tras la ocupación americana. En Corea del Sur, capturó una imagen que cuesta olvidar: en un campo de prisioneros de guerra, los norteamericanos enseñan square dance a los prisioneros comunistas norcoreanos y chinos frente a una imponente réplica de la Estatua de la Libertad.

Es curioso: Bischof vivió bajo una aparente dicotomía. Sentía que “profundizaba demasiado la materia”, que lo suyo no era periodismo: “En lo más profundo de mi ser, sigo siendo –y seré siempre– un artista”, decía. “Fotógrafos de International Press cubriendo la guerra de Corea” condensa su inquietud por el trabajo del fotógrafo: el disparo de la cámara capaz de falsificar la realidad. “Cuando pienso –escribía– lo poco objetiva que puede ser una fotografía en ciertas circunstancias, entonces opino que la imagen puede ejercer una función tan falsa como la palabra”.

Pero no hubo vértigo: cámara en mano, Bischof se lanzó al mundo. Y a pesar de que acaso no lo sospechó, atrapó el sueño de la verdad.


Algunos datos Biográficos

Fue uno de los primeros miembros de la legendaria agencia Magnum. Diez años le bastaron para convertirse en uno de los reporteros gráficos más importantes del mundo. Trabajó para Picture Post, Illustrated, Observer, Life y Du. Entre 1945 y 1949 documentó fotográficamente la posguerra en Europa. Luego viajó a la India. En 1951 pasó un año en Japón, y luego viajó a Hong Kong y a Indochina como corresponsal de guerra para París Match. Recorrió EE.UU., México, Panamá y Perú. Murió a los 38 años en un accidente automovilístico, en los Andes peruanos, nueve días antes que el fundador de Magnum, Robert Capa, en Indochina.

La Muestra

Werner Bischof. Imágenes
El sueño de la verdad

Lugar: Centro Cultural Borges, Viamonte 525.
Fecha: hasta el 31 de enero
Horario:  Lun a sab, 10 a 21. Dom, de 12 a 21
Entrada: gen, $ 10. est y jub, $ 7

Fuente: Revista Ñ

Werner Bischof se sentía más artista que reportero gráfico. En el centenar de imágenes que se exhibe ahora en el Borges están las claves de esa creencia.